viernes, 7 de abril de 2017

EL VIAJE DE ESCRIBIR





Texto escrito para la charla pronunciada el 6 de abril de 2017 durante los VIII Encuentros Literarios organizados por la Universidad Popular de Almansa.



EL VIAJE DE ESCRIBIR



Acudir hoy a Almansa para intervenir en estos Encuentros Literarios es para mí un motivo de ilusión. Parece ser que el término árabe del que procede el topónimo «Almansa» viene a significar «la mitad del camino». Y justamente así es como desde hace ya bastante tiempo he estimado a Almansa, como un grato lugar de paso en los viajes a través de la Península. Un alto en el camino, bien en la ida o bien de vuelta. El sitio donde se toma el aire, donde acaso se come o merienda, o donde se da un paseo. Sin ser la meta del recorrido, ni tampoco una etapa prevista, su realidad acaba por cobrar protagonismo propio y convertirse en motivo de agradecido recuerdo. Ésa es la vieja enseñanza de los lugares de paso en «la mitad del camino»: que cada punto del trayecto podría ser la meta. Suele venirme a la memoria la parte antigua de esta ciudad ―una población del tamaño idóneo, a la medida de quienes la habitan―, dominada por el hermoso cuerpo del castillo, reconocible desde la carretera; recuerdo asiduamente las callejuelas a los pies de sus muros y torres, la zona del Ayuntamiento y de la iglesia de la Asunción; y sobre todo evoco la plaza de San Agustín, mi rincón predilecto, el que más presente tengo en la memoria espontánea e involuntaria de los viajes.

         Almansa, como la vecina Chinchilla de Montearagón, es para mí una especie de emblema o referencia simbólica de la actitud que más importa tener en los viajes y en la vida, esto es, la mirada atenta. Una mirada atenta que no se preocupa tanto, según he dicho, de la llegada cuanto de cada tramo del recorrido, puesto que la recompensa que esperamos del hecho de viajar no tiene por qué aguardarnos solamente en el final de la ruta prevista. Es una obviedad, pero a menudo vivimos o bien viajamos pensando que la belleza o la dicha están por llegar, y lo mismo que nos sucede esto con el espacio nos pasa también frente al tiempo, puesta la mirada en un futuro que se descuida del presente.

         Y precisamente de esa mirada atenta he venido hoy a charlar con ustedes. Pero cuando hablo de una «mirada atenta» no me refiero, claro, a una simple atención visual, como la del felino o el cazador al acecho de su presa; la «mirada atenta» se refiere a un intenso grado de conciencia, una conciencia que no establece demasiadas diferencias entre eso que denominamos mundo exterior y mundo subjetivo, puesto que cada vez estoy más persuadido de que las fronteras entre exterioridad e interioridad, entre «fuera» y «dentro» son más supuestas que reales. Si a esa conciencia aguda la denomino «mirada atenta» es porque la vista es, para mí, el más elocuente e inmediato de los sentidos, mi principal puente con el mundo.

         2016 fue un año editorialmente fecundo en mi trayectoria bibliográfica: a lo largo de su segunda mitad vieron la luz tres libros míos: Unos días de invierno, No lejos y Estar no estando. Cuando, tras la presentación de No lejos en Elche, Antonio García Soler me invitó a participar en estos encuentros, sugirió que podría hablar de este último título. Yo le propuse centrarme mejor en Estar no estando, que estaba a punto de llegar a las librerías. «¿Y por qué no hablas de los tres libros?», me insinuó Amparo Cuenca: «Podrías explicar cómo planteas la escritura ante diferentes géneros». Verdaderamente, las diferencias entre los géneros, en mi caso, son más superficiales y aparentes que reales: estos de prosa ―ya sean de prosa viajera como el libro del que voy a hablar esta tarde, o ya más o menos diarística o de ensayo, como No lejos―, al igual que los haikus de Unos días de invierno, son variantes bastante libres de una única escritura. Solamente cambian ciertos elementos técnicos y de espacio verbal: los haikus, que buscan una concisión máxima, requieren un despojamiento de casi todo, incluido el espacio lingüístico; en el otro extremo, la narración de un viaje demanda cierto desarrollo, y por tanto exige más utillaje retórico y desde luego mucha más amplitud verbal, lo mismo que las prosas y ensayos de No lejos, si bien he de confesar que dentro de ese «más» siempre he buscado lo menos.

         He dicho que para mí, más que géneros, solamente hay escritura. Una escritura que puede cambiar de apariencia, pero que en todo momento viene a ser la misma, puesto que la raíz que alimenta unos u otros textos invariablemente ha permanecido en el lugar de siempre. Nunca ha cambiado. Desde un principio la he reconocido firme, intacta, invariable. ¿Cuál es, pues, el elemento común a todos estos libros? ¿En qué consiste esa raíz que los alimenta? Pues diría que es esa «mirada atenta», esa «viva conciencia» a la que hace poco me he referido. «¿Conciencia de qué?», acaso ya esté más de uno preguntándose. Porque de inmediato, como un resorte, la mente entra en escena para decir que la conciencia, por supuesto, continuamente debe ser, como decían los existencialistas, conciencia de «algo», conciencia del mundo que nos rodea o bien conciencia de nosotros mismos. Es una dialéctica parecida a la de la llama que ondea en la candela o en la lucerna: para mantenerse necesita de algo, la cera, el aceite. Del mismo modo la conciencia, para serlo, necesitaría lo otro distinto. No puede tenerse conciencia de nada, diría un gramático. Sin embargo, el lenguaje, con su lógica inapelable, diremos que tiene sus trampas, puesto que acaba por imponer sus propias leyes, y las identificamos con lo verdadero. Yo hablaría simplemente de conciencia, de conciencia sin más, aunque esté claro que esa conciencia brille especialmente en su trato con la realidad.

         Esa escritura única con manifestaciones diversas ―haikus, poemas, entradas de un diario, narración de un viaje― estaría entroncada con las palabras de Joseph Brodsky acerca de la creación de la poesía: «El que escribe poesía lo hace ante todo porque el escribir poesía es un acelerador extraordinario de la conciencia, del pensamiento, de la concepción del mundo. El hombre que haya sentido esta aceleración una sola vez ya no puede resistirse a esta experiencia; deviene dependiente de este proceso de la misma forma en que sucumbimos a la dependencia de la droga o del alcohol».

         La escritura no es, obviamente, el único «acelerador extraordinario de la conciencia». Existen otros, a veces crueles y punzantes, como el dolor; o quietos, estáticos y sosegados, como los ejercicios de meditación, o bien ciertas drogas o algunas experiencias estéticas. Pero, antes que la escritura, para mí el gran acelerador de la conciencia fue y sigue siendo el hecho primario y sencillo de caminar. Y ese acto tan humilde, tan simple, de andar, de marchar, de dar un paso y luego otro, y otro más, hasta sentir que se multiplican estableciendo un ritmo suyo que es el mío y el de cualquier hombre; ese acto, digo, se ha convertido ya no sólo en un estímulo de la conciencia, sino en expresión de la propia conciencia, en conciencia. Esto es, en una mirada al mundo. Y por tanto el hecho de andar se ha prolongado en la escritura: como una acción que la antecede o que sucede al mismo tiempo que ella. A menudo las palabras son una continuación de la cadencia de los pasos.

         Los nombres y el tiempo fue el primer libro que publiqué, hace ya muchos años, casi treinta. Algunos de sus poemas fueron escritos por un muchacho de diecinueve. Entre ellos, figura uno que en buena medida expresa algunas de las cosas que he dicho hasta ahora, y que también significa otras. Leo el poema, que viene encabezado por una cita de Lao-Tsé, autor del Tao Te King (o Ching), el célebre texto clásico del taoísmo, y de paso confío en que quienes lo escuchan sean comprensivos con los incipientes versos de aquel joven:


Crear y no poseer, producir y no almacenar
Lao-Tsé

Por el placer de un paseo, de desnudarse
y dejar huellas, hilos de huellas bordeando
el sonido descalzo por la orilla.
Por el gozo de visitar una brisa humana
parecida a la piel.

Aquí no existe la permanencia, ni lo mismo
que antes; es una despedida continua
a la forma, a la imagen recordada.

Venir y dejarlo todo en continua despedida,
dejarlo todo fundido en este afán de pequeñas
memorias, destinos de un día como gaviotas,
traídos y abandonados por la brisa, a lo mejor
por el viento uniendo estos granos de arena.

Por el placer de un paseo, de descalzarse
y dejar huellas, pequeñas huellas.


         Creo que sería ocioso empezar a dar explicaciones porque el poema es lo bastante claro. Pero hay en él dos sentidos que me gustaría destacar. Uno es el hecho de que caminar viene a ser un proceso de despojamiento: la desnudez, evidentemente, a la que se refieren los versos desde el mismo inicio. Porque para aquel muchacho pasear por esa orilla a cielo abierto, en aquel límite entre dos mundos ―el del mar, el de la tierra― tan simbólicos, entrañaba un proceso de voluntario desposeerse: de envolturas, nociones y apariencias. Según nos adentramos en el andar, prescindimos de requilorios y construcciones mentales. El otro sentido al que apuntaba aquel poema juvenil tenía que ver con la fluencia, con el transcurso, que es, como dice el diccionario, paso o carrera del tiempo, pero que al andar se transforma solamente en eso, en un puro correr, en un transcurso que absorbe en su propio suceder cualquier noción del tiempo.

         Desde entonces, gran parte de cuanto he escrito en realidad no ha hecho más que reafirmar lo que el poema de aquel muchacho de diecinueve años insinuaba. (Por eso en alguna ocasión he dicho que yo no escribo; más bien insisto). Desde entonces, y creo que en grado creciente, caminar para mí ha sido una parte inseparable del acto de escribir. Caminar es un modo de descubrimiento, una recuperación del asombro y, en este sentido, una forma de gratitud. De «Las ánforas de Epicuro» son estos conocidos versos de Rubén Darío:


Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.


Caminar es, pues, una forma de auscultación, de desvelamiento de nuestro ritmo ―pues eso somos― y del ritmo del mundo, con el que, cuando andamos largamente, a veces concordamos. Y en esa consonancia hay una íntima dicha, una rara felicidad. Andar entonces se convierte en una especie de acto alado, en esa fluencia que, según decíamos, concuerda con la supuesta realidad del tiempo, hasta que termina por deshacerla, reducida a una entelequia lingüística.

         Cuando el caminante marcha varias horas seguidas, yendo cada vez más compenetrado con el paisaje, nota cómo poco a poco afina sus sentidos. Y es que pasear prolongadamente, viajar a pie, desautomatiza. Claro que esta liberación de los automatismos es, desde luego, propia de los viajes, pero más todavía de las espaciosas caminatas. Y poco importa que esos largos paseos tengan lugar por nuestros alrededores más inmediatos. La realidad, tan a la vista, permanece sin embargo velada, oculta tras la costumbre y las palabras que la nombran. «Esto lo conozco como la palma de mi mano», solemos decir de nuestro círculo y alrededores más frecuentados. Sin embargo, nadie está de vuelta: «Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto!», decía el buen Mairena de Antonio Machado.

         El caso es que la extremosidad tecnológica, la maquinización de la vida ―tantos coches, tantos aviones, relojes, ordenadores, teléfonos móviles―, ha transformado nuestra propia configuración vital, puesto que las máquinas, en principio destinadas a servirnos, han llegado a condicionar y definir nuestra precaria naturaleza: nos sitúan no sólo a su servicio; sobre todo han acabado determinando nuestra visión del mundo, nuestros ritmos vitales... En definitiva, nuestra concepción del tiempo y del espacio. El de lejanía, por ejemplo, es un concepto cada vez más erosionado y relativizado por nuestra era tecnológica, en la que la gente se desplaza a lugares más y más remotos en un mundo artificiosamente globalizado, sin prestar muchas veces atención a lo inmediato. Parece que ese progresivo afán de exotismos y distancias sea proporcional a nuestra menguante capacidad de asombro.

         Frente a esta deriva, frente al auge de los robots y el dominio gradual de la inteligencia artificial augurado por el ensayista Martin Ford, caminar, ¿qué es?, ¿qué representa? Sin duda, es un acto de carácter casi subversivo, puesto que, además de ir contra la corriente dominante de estos tiempos, constituye un contramodelo, una realización a todas luces utópica. El despotismo tecnológico también ha mecanizado la actividad físico-deportiva: importa quemar grasa, reducir colesterol, consumir calorías, no andar para orearse y mirar el mundo. Esto último, salvar cierto número de kilómetros a pie, parece pues, además de una arqueología, una acción revolucionaria. Caminar dilatadamente ―como respirar con calma, como sentarse sencillamente para ver― es un modo de volver a nuestro ser primordial, a nuestros orígenes, a nuestra elementalidad. Pertenece a la memoria de lo que somos. Por eso marchar, andar, supone siempre un retorno: ir es volver. Nuestra cotidianidad, tan cibernética, recuerda a una cinta mecánica parecida a las cintas transportadoras de los aeropuertos o a las de esas factorías deportivas que son los gimnasios. Ante tal panorama, andar por andar significa una acción casi incendiaria contra el mecánico adormecimiento social: es un modo de romper el encapsulamiento en el que vivimos. Y diría también que sugiere un arte de vida en medio de una civilización equivocada.

         Hay un ensayo del sociólogo y antropólogo francés David Le Breton, Elogio del caminar, donde pueden encontrarse estas o parecidas ideas, que para cualquiera de ustedes, a poco que tengan cierta experiencia andariega, resultarán evidentes. Pero a decir verdad aquí la novedad importa bien poco. Acabamos de manifestar que las caminatas forman parte de un arte de vida ―«un orden de vivir es la sabiduría», escribió Jaime Gil de Biedma―, y el arte de vivir no guarda demasiada relación con el concepto de lo nuevo situado en la mentalidad de las sociedades de ahora. Andar no tiene nada que ver con lo nuevo, sino con una parte central de nosotros mismos; está relacionado con aquello que somos y nos hemos empeñado en dejar de ser. Por eso la moderna pulsión de ser novedosos u «originales» al caminante le puede resultar tan extemporánea y desfasada como la ocurrencia de desplazarse sin ningún motor al sentir de los tiempos que corren.

         Por fortuna existe toda una tradición de andariegos, de la que también nos habla el libro de Le Breton. En esa tradición diría que están insertos No lejos y Estar no estando, los dos libros que publiqué hace algunos meses, así como muchos de los haikus de Unos días de invierno.

         El primero de ellos, No lejos, evoca un conjunto de recorridos ―andando o bien en bicicleta― por los contornos del lugar donde vivo. En su brevedad, la lectura de sus páginas pretende ser un concentrado paseo. El segundo, Estar no estando, refiere un viaje a pie por tierras extremeñas, por la llamada Ruta de la Plata, esta vez lejos de mi casa de Elche. Los dos, con todo, los definiría como sendos libros de viajes. Por supuesto que viajes muy diferentes. El protagonismo en ambos lo tiene el hecho sorprendente de estar aquí, de vivir y ver el mundo. Ninguno de los dos pontifica, ninguno expone grandes verdades; ambos solamente respiran, surgen a partir de apenas nada. En sus páginas alguien camina, va en bicicleta, o bien madruga, recorre unos kilómetros, cumple su jornada. Porque caminar con plenitud es una expresión del viaje. Y nosotros entenderemos por viaje una marcha asombrada por un punto del mundo. Todo es una cuestión de intensidad: lo de menos es la extensión de ese punto, pues menos que eso es esta redondeada pella de la Tierra en el universo, y mucho menos aún cuando cerramos los ojos. El viaje ―resaltémoslo― es una marcha asombrada por un punto del mundo.

         En realidad gran parte de la mejor literatura es, en cierto modo, literatura de viajes. De hecho, así es como nacieron los primeros relatos: con la narración de la aventura vivida por alguien que sale de su lugar y regresa para contarlo. Y es bien conocido el tópico del homo viator (el hombre viajero), el cual describe nuestra vida como una misteriosa travesía entre el nacimiento y la muerte, de cuyo recorrido extraemos conocimiento. Pero si sostengo que buena parte de la literatura lo es de viajes no es sólo porque un libro pueda llevarnos a otros espacios reales o imaginarios, sino porque ciertas obras felices nos afianzan en otro estado de conciencia, originan en nosotros un desplazamiento interior, el más singular de los viajes. Para mí la experiencia que dio lugar a Estar no estando estuvo señalada también por este último tipo de itinerario: fue un viaje por unas tierras concretas, sí, pero también una marcha por otras latitudes más introspectivas. Aunque enseguida matizaremos qué queremos dar a entender aquí con esa palabra, «introspectivo».

         Las citas que aparecen en el umbral de estas páginas viajeras ―una, del poeta César Simón; la otra, del escritor neerlandés Cees Nooteboom― aportan dos claves interpretativas de lectura. La de César Simón dice así: «No hemos venido aquí ni a describir ni a razonar. Hemos venido a mirar. Hemos venido, sobre todo, a ensimismarnos». El libro, en efecto, no pretende en absoluto ser una obra meramente objetivista, centrada en la pura descripción de paisajes y paisanajes. Por más que haya paisajes, por supuesto, y que aparezcan algunas de las gentes que los habitan o los recorren. Es inevitable que aparezcan a menudo pues, de no ser así, hablaríamos de abstracciones, o de los cerros de Úbeda; pero ya digo que Estar no estando no ha querido ser una relación descriptiva de tipos o individuos, panorámicas y escenarios pintorescos, los que hoy calificaríamos como «turísticos»... Este "Viaje extremeño" ―subtítulo de Estar no estando― no es un libro de o sobre Extremadura. Por esta razón estoy seguro de que su lectura decepcionará a quienes se asomen a él con un limitado interés documental o patrio, esperando encontrar pormenores sobre los parajes y términos por los que el viajero camina.

         «Hemos venido a mirar», sí, pero «hemos venido, sobre todo, a ensimismarnos». Quizá deba puntualizarse que, aquí, por ensimismarse yo no entiendo solamente recogerse en la intimidad, ir a los adentros, sino participar solitariamente en esa exterioridad que tendemos a considerar distinta de nosotros y que llamamos mundo. Con el tiempo, no ha hecho sino acentuarse mi persuasión de que no hay ninguna diferencia entre el yo y el mundo: ambas realidades forman una misma y única sustancia. No creo que en el libro esa introspección (esa constante simbiosis entre yo y mundo) produzca un efecto de volátil evanescencia, de abstracta irrealidad egocéntrica: a menudo se habla del peso de la mochila, del sudor, de lo que el caminante come, de la ropa que se lava y de muchas de las cotidianidades propias de quien camina durante unos días.

         Lo curioso es que aquel viaje de un modo sorpresivo también se convirtió en un viaje al pasado, algo que ya me ha ocurrido en otros libros. Y es que el pasado no es una realidad estática, arrinconada en su respectiva hornacina, sino una sustancia tan fluyente como el ahora, que actúa sin parar con el presente. Es una danza que sólo acaba en los límites de la memoria, o con el definitivo olvido. La niñez, sobre todo, afloró constantemente, de modo que aquel caminar con frecuencia se tornó ―ignoro por qué― en un imprevisto camino al tiempo de la infancia.

         Cuando emprendí aquel viaje, yo no albergaba propósito alguno de escribirlo. No tenía más propósito que el de andar y ver. El primer extrañado de haberlo escrito he sido yo. «¿Por qué tomabas notas, entonces?», podría preguntárseme. Registrar lo vivo era una especie de estrategia: una prolongación de la mirada, en virtud de la cual las palabras actuaban con el vasto silencio de aquellas solitarias andanzas. Esas notas vespertinas o nocturnas eran, pues, una parte más de aquel silencio ensanchado, las palabras se trenzaban con él, porque no lo contradecían. Escribir me servía: venía a ser un ejercicio de concentración; subrayaba la intimidad de mis pasos. Fue la intensidad de la experiencia la que me exigió luego componer el libro... Como viene a decirse en su primer capítulo, uno escribe solamente cuando se siente urgido, cuando tiene algo importante que decirle a la propia soledad, ya que a ella es a quien primero se dirige uno a fin de cuentas. Hay un haiku de Masaoka Shiki que dice así:


Cuando cae a tierra,
la cometa
no tiene alma.


         ¿Cómo no va a escribir uno lo que las palabras le dicen cuando siente que el viento las levanta y las lleva lo mismo que si fuesen una cometa?

         De un modo sorprendente, la redacción del libro se me ha revelado como un segundo viaje: un viaje de palabras. Para escribirlo, seguía las notas de mi cuaderno, cuyas hojas ocupé casi por completo. Como en aquellas jornadas por Extremadura, cada mañana me levantaba antes del sol y escribía dos o tres horas, con los ratos correspondientes de pensar en las musarañas, con la mente en blanco, como cuando caminaba y tomaba asiento sobre una piedra o en la plazuela de alguna población. Escribir en los días de lluvia me resultaba especialmente grato, pues la lluvia predominó en aquellos días de mi recorrido. Pero lo más emocionante de todo es que, al escribir, a menudo se producía una reviviscencia, un resurgir no sólo de olores, minutos, silencios, sonidos o de paisajes, sino de las emociones y los pensamientos que todo aquello despertaba, emociones y pensamientos que yo no siempre apuntaba. Las notas del cuaderno actuaban, pues, como un punto de partida. Y si en el viaje a pie aquellas anotaciones escritas cada tarde o cada noche eran la conclusión de la jornada, en el viaje verbal no eran más que el comienzo, porque la vivencia, según ya he dicho, venía a despertar y a prolongarse nuevamente con una fidelidad y una exactitud maravillosas. El viaje real y el viaje verbal venían a ser algo parecido a una espiga junto a una vieja pared y su sombra proyectada por el bajo sol de la tarde. Aquí es donde confío en que la experiencia del lector coincida en la medida de lo posible con la mía, y en que él también haga su viaje.

         La segunda cita del libro, tomada de Cees Nooteboom, dice lo siguiente: «Y he aprendido también que si uno se sumerge en el silencio se transforma en el propio silencio». A estas alturas, después de todo lo dicho, no creo que sea necesario explicar que las palabras no tienen por qué contradecir o quebrantar el silencio, sino que a veces van y vienen junto a él, como una pulsación suya.

         Para mí redactar Estar no estando fue una lección tan grata y feliz como la experiencia concreta de recorrer aquellas vías y cañadas extremeñas. Una de sus más apasionantes enseñanzas fue que, así como existen esos caminos de tierra, también existe un camino invisible en el idioma, el camino por el que tantos otros escritores anduvieron antes.


                                                                (Fotografía de Amparo Cuenca)



Almansa, 6 de abril de 2017